Los cronistas hablan de los inicios de
Villa del Prado en torno al castillo del
Alhamín, de origen árabe. Oliver Asín
cita este castillo y lo considera con
carácter de «ribat» (fortaleza), a
semejanza de la de Mâzrit (Madrid), y de
él dice: «...AI-fahmin... sobre el
Alberche, cerca de Maqueda...». Es
decir, que formaba parte de la red de
fortalezas que defendían la zona de
tierra de nadie entre el territorio
cristiano y el islámico. En torno a la
fortaleza del Alhamín se asentaría una
pequeña población, que fue el núcleo
primitivo de Villa del Prado.
En 1078 la zona fue conquistada por
Alfonso VI, a la vez que Talavera,
Toledo y Madrid, convirtiéndose en
tierra de repoblación que pronto fue
cedida al Arzobispado de Toledo. La
feracidad de los terrenos y la
existencia de pastos (prados) para
alimentar al ganado atraen a gentes del
norte de la península, que se establecen
al amparo de la fortaleza. Con los años,
la riqueza agrícola de las tierras llevó
a plantear problemas de delimitación de
lindes entre las poblaciones limítrofes,
e incluso de jurisdicción entre el
Arzobispado de Toledo y el poder real en
tiempos de Pedro I. Esas mismas
circunstancias aceleraron el crecimiento
demográfico y el desarrollo urbano, que
se configuró en el sentido de norte a
sur, teniendo como punto de encuentro la
plaza mayor.
La persistencia de los problemas
jurisdiccionales hizo que, en 1436, Don
Álvaro de luna comprase al Arzobispado
de Toledo la jurisdicción del Alhamin,
que comprendía los lugares de Alhamín,
Méntrida y el Prado, nombre primitivo de
Villa del Prado, de los cuales el último
era el más importante desde el punto de
vista de la población asentada. Un
vestigio de la presencia de Don Álvaro
en la villa son los restos de la antigua
portada de su palacio en la plaza mayor.
El señorío de los Luna pasó a la familia
de los Mendoza al ser heredado por la
hija del Condestable, casada con Iñigo
López de Mendoza. El hijo de ambos, Don
Diego Hurtado de Mendoza, II Duque del
Infantado, dio al Prado el privilegio de
villazgo, evitando así que sus
habitantes tuvieran que desplazarse al
Alhamín para resolver sus pleitos y
asuntos particulares. Por entonces, la
villa experimentó un importante
crecimiento económico gracias a nuevas
concesiones de terreno y dehesas. Salvo
en algún corto periodo en que por
diversas circunstancias pasó a otras
manos, Villa del Prado perteneció al
señorío de los Mendoza hasta que las
Cortes de Cádiz liquidaron el régimen
señorial en el siglo XIX.
El siglo XVII fue, en general, un
periodo de auge económico gracias al
florecimiento de la agricultura y de la
ganadería; además, se instaló en la zona
una industria de curtidos. Ello influyó
en la calidad de la arquitectura, en la
que abundaban las casas blasonadas que
daban a la población un aspecto más
cercano a lo urbano que a lo rural. Pero
el siglo se despedirá con una crisis
económica que será generalizada en el
país. Esta coyuntura adversa se
extenderá al siglo XVIII, viéndose
agravada por los pleitos entre el Ducado
y la Corona y por sucesivas sequías y
epidemias.
Los turbulentos inicios del siglo XIX no
mejoraron la situación. Villa del Prado
se vio involucrada directamente en la
Guerra de la Independencia, al ser
ocupada por las tropas francesas, y en
la primera Guerra Carlista, cuando los
montes de los alrededores sirvieron de
refugio a los partidarios de Don Carlos.
Ello provocó que en 1838 se produjeran
el saqueo e incendio de una buena parte
de las casas. A estos acontecimientos
siguieron, en la segunda mitad del
siglo, una sucesión de epidemias que
diezmaron la población. No será hasta el
último tercio del siglo cuando comience
un paulatino crecimiento demográfico,
que se mantendrá, en términos generales,
a lo largo de todo el siglo XX.
En los últimos años ha primado la
actividad agrícola, con cultivos de vid,
olivar y huertas. Casi un 48% del
término municipal es superficie labrada
y, en los últimos años, se ha extendido
el regadío. La industria más
desarrollada es la vinícola. Esta
riqueza histórica se refleja en su
patrimonio histórico-artístico. Villa
del Prado cuenta con tres ermitas: la de
Santa Lucía, la del Cristo, que es la
más antigua, y la de la Poveda, ésta
última del siglo XVII y la más
interesante desde el punto de vista
artístico. También el edificio del
Ayuntamiento data del siglo XVII y el
interesante conjunto urbanístico refleja
la tipología de la arquitectura popular
castellana. Pero la Iglesia Parroquial
es el edificio más relevante.